Este 4 de octubre se disputa la Triple Corona 2026 y mientras el público espera a que se abran las gateras, en el Hipódromo de Maroñas ya se libró la parte más difícil de la competencia.

Por Juan Manuel Parada


Un caballo sale disparado de la pista. Sin jinete. Sin rumbo aparente. Quienes están trabajando levantan la vista de inmediato. No hay gritos desesperados ni corridas caóticas. Cada uno parece saber qué hacer. El animal galopa unos metros hasta que, casi como si recordara el camino, toma la dirección de los studs. Vuelve a su lugar.
Sin embargo, detrás de los boxes el día empieza mucho antes. El ruido metálico de una horquilla contra el piso rompe la tranquilidad del lugar. Un caballo asoma la cabeza por la puerta de su box mientras otro espera a que le cambien el agua. Hay olor a paja recién acomodada, a alimento y a tierra húmeda. Más atrás, casi escondido, alguien cepilla un lomo oscuro con la paciencia de quien repite el mismo gesto desde hace años.
Antes de que exista una carrera, existe todo esto. Y también existe Luis Cáceres. En la pista el público apenas alcanza a distinguir los colores de la chaqueta del jockey durante poco más de un minuto. Pero detrás de ese instante hay una rutina que comienza mucho antes de subir al caballo. La primera rivalidad de un jockey no está en la pista: está sobre una balanza.

Hay que comprometerse. Es un trabajo de todos los días. Te perdés de salir, de las fiestas, de reuniones familiares. De miércoles a domingo me cuido con el peso y, si tengo que bajar, debo bajar.
Luis habla con la tranquilidad de quien lleva veintiséis años diciendo lo mismo porque hace veintiséis años vive igual. Nació en Salto y se crió en el campo. Primero buscó trabajo como peón. Después se convirtió en jockey. Hoy es el más ganador del país, pero los récords parecen ocupar menos espacio en su relato que los sacrificios cotidianos. Mientras un peón limpia un box y otro cambia la cama de paja, él explica por qué el peso condiciona toda su
profesión. Un caballo suele pesar entre 450 kg, 540 kg o más. El jockey no debe ser un peso extra.

Yo peso 59 kilos y normalmente tengo que bajar cuatro. Cuatro kilos pueden parecer poco. Para un jockey representan días enteros de disciplina. Y
más para deportistas altos como Luis. Comer deja de ser un acto espontáneo para convertirse en parte del entrenamiento. Cada comida, cada salida y cada reunión familiar pasan primero por una pregunta: ¿afecta el peso?.

Veterinarios, peones, herreros, entrenadores, cuidadores y propietarios sostienen una maquinaria que el público rara vez llega a conocer. Incluso quienes preparan el café o venden tortas fritas forman parte de un movimiento que comienza antes del amanecer y que solo encuentra su momento de mayor exposición cuando se abren las puertas.
En medio de esa estructura, Luis ocupa un lugar tan visible durante la carrera como invisible fuera de ella. La relación con el caballo tampoco empieza cuando suena la largada. Es una relación de todos los días. Hay que conectar al máximo. Uno llega y construye la
confianza. Si no corrés, no ganás. Hace una pausa. Después aparece la parte más dura. Esta profesión es injusta. El dueño del caballo puede decidir que no lo corras más y te lo sacan.

Nosotros no podemos hacer ni decir nada. Habla sin enojo. Como quien aprendió hace tiempo que discutir esa regla no cambia nada. Porque si hay algo que caracteriza a los jockeys es la tranquilidad. Eso lo deja bastante claro. Tampoco desaparece el miedo. Las carreras duran poco, pero en ese minuto los caballos se disputan cada espacio. A veces se tocan. A veces uno cierra el paso. A veces hay caídas. Luis baja la mirada cuando recuerda una de ellas.
Me quebré y estuve tres o cuatro meses para recuperarme. Cuando te caés, después te da miedo volver a caerte. El miedo permanece. Lo único que cambia es la capacidad de seguir montando a pesar de él. Pero hay carreras que todavía recuerda con una sonrisa. La del caballo Touch of Destiny es
una de ellas. Clasificó para competir en Estados Unidos y él fue quien lo corrió. Para llegar a esa oportunidad tuvo que exigirse todavía más.

Hice una dieta de veintiún días y tuve que bajar cuatro kilos más de lo que suelo bajar. El sacrificio dio resultado. Cinco estadísticas ganadas. El Premio Ramírez. La mayor cantidad de clásicos obtenidos. El récord de más victorias en una sola jornada. Luis enumera esos logros con la misma serenidad con la que habla del peso o de las caídas. Quizás porque sabe que las carreras duran apenas unos minutos.

Ahora Luis se prepara para este 4 de octubre, donde tendrá la oportunidad de triunfar por octava vez en las pruebas de la Triple Corona, algo que ningún jockey ha podido lograr. Pero sabe que la verdadera carrera empezó mucho antes, cuando todavía no había espectadores, cuando el único rival era una balanza y el silencio de la mañana cubría un trabajo que casi nunca aparece en la fotografía de la victoria.