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El ultramaratonista que venció a los osos, zorros, víboras, arañas, los hombres salvajes y hasta los desconfiados

Me siento de novela, como nunca”, dice Aníbal Lavandeira sin aspavientos, lo más fresco, después de haber bajado un récord mundial, aparte de lograr algo que no había conseguido casi nadie, pues entre los más de 25 cultores de maratón extrema que hay a lo largo y ancho de la Tierra sólo un estadounidense lo hizo antes: culminó los 700 kilómetros del recorrido de la “Swamp Fox Ultra 700K” por los inmensos y temibles bosques de la reserva “Francis Marion”, en Carolina del Sur, Estados Unidos, con la diferencia a su favor de que lo concretó en 152 horas (seis días y medio), ocho por debajo de las 160 que la organización de la prueba marca como límite máximo para completarla, lo que también representó un registro menor al establecido por el único ultra maratonista extremo que alguna vez pudo terminarla.

Es que esta carrera es eso: plantea un desafío individual, uno corre contra uno mismo, contra la soledad, contra todos los peligros del bosque salvaje, no contra otros rivales”, explica el uruguayo de 52 años que hace varios, cuando ganó la ultra maratón de 200 kilómetros corriendo por las playas agrestes de Rio Grande do Sul, en Casino, Brasil, en medio de la oscuridad de la noche y de una tormenta hostil que le hacía romper las olas por encima de las rodillas miró al cielo y, al divisar la pequeña luz de un avión, se dijo a sí mismo “ahí va gente”, y de esa forma se sintió acompañado, mientras que ahora, en cambio, sintió casi lo contrario.

Antes de largar, los de la organización te advierten de que hay que tener cuidado con los osos, los zorros, los lobos, las víboras y las arañas, pero lo que más me extrañó es que me dijeron que también podía encontrarme con hombres salvajes, que son gente que vive adentro de los bosques, que no sale nunca de ahí, y andan errantes”, contó Lavandeira, agregando que “en el recorrido ví a algunos, pero seguí al pie de la letra el consejo que me habían dado: ‘Si usted no les hace nada, y ni siquiera les habla, no hacen nada’. Por las dudas, a alguno lo saludé con una seña, pero sólo emitieron un sonido, ni siquiera fue una palabra”.

El método para plasmar la hazaña fue tan duro y exigente como la prueba misma, que Lavandeira encaró sabiendo que antes que él la corriera no sólo la completó un solo ultramaratonista, sino que “fueron cientos los que participaron y abandonaron”, porque entre el 8 y el 14 de noviembre pasado “dormía una horita y media a eso de las diez de la mañana y otro rato más o menos igual alrededor de las tres de la tarde”, porque en la oscuridad de la noche era mejor estar despierto y moverse ante los riesgos de la naturaleza que lo acechaban.

Además, la noche tenía otro peligro: había tres grados bajo cero, era tan bravo que si me paraba un momento para cambiar las pilas de la linterna, las lágrimas que me salían por el frío, se me congelaban en la cara”, recuerda Lavandeira, que al fin de cuentas protagonizó con su entereza física y anímica una insólita situación que guarda ciertos puntos de contacto con la vivida tras la final de Maracaná por el mismísimo presidente de la FIFA, Jules Rimet, que tenía pronto el discurso que iría a pronunciar al entregarle la Copa del Mundo a los brasileños, pero debió dejar el papel en un bolsillo porque en pocos minutos la pieza oratoria original había cambiado de destinatario: los uruguayos.

El premio para el que completa los 700 kilómetros en el plazo estipulado es una hebilla de oro, y se ve que la organización la tenía ahí, por fórmula, en la seguridad de que nunca llega nadie, y como la ciudad más cercana está algo alejada, no tuvieron tiempo de ir a grabar mi nombre, así que ahora quedaron en que la iban a grabar y me la mandaban”, dice Lavandeira con el marco de una risa satisfecha y sana, sin alardes, reflexionando que “para los que hacemos ultra maratón extrema esa hebilla representa lo mismo que el cinturón que le dan en el boxeo a los campeones mundiales”.

Es que, con todo derecho, el uruguayo se siente así, campeón mundial de su durísima especialidad, aunque no lo proclame; tanto que ni siquiera se ha puesto a pensar en el futuro: “Algunos me dicen ‘retiráte acá, campeón del mundo’, y…no sé, no me he puesto a pensar, pero lo cierto es que esta carrera juntaba todo, todas las distintas exigencias físicas y espirituales que pasé en las que había corrido antes, así que después de ésta, más que esto en materia de ultramaratón extrema, no hay más nada”.

Y…no, parece que no; al menos después que Aníbal Lavandeira le haya ganado al frío, la oscuridad, la soledad, la distancia, los osos, los zorros, las víboras, las arañas, los hombres salvajes, y hasta los civilizados que no creyeron que fuera a completar los 700 kilómetros en el plazo exigido, y mucho menos aún en un tiempo que nunca nadie había registrado.

 

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