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Selección: Muchas cosas y 3 preguntas sobre la balanza: ¿Hora de sacrificar “vacas sagradas”? ¿Cuántas? ¿Cuáles?

No cabe la más mínima duda: “la Celeste” se ve mejor en la tabla de posiciones de las Eliminatorias que en la cancha; pero… “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”, como dice a menudo Alberto Kesman, y eso precisamente es lo que da margen a ese gran debate que se ha armado en todos los niveles del fútbol uruguayo –empezando por el de la gente, habida cuenta de la indiscutible influencia de las redes sociales- tras el magro empate de Caracas.

El tema –o uno de los temas principales- es que el eje de la discusión parece girar sólo en torno a la polarización “Tabárez sí, Tabarez no”, ambientada con cierta lógica por decisiones puntuales que en algunos casos parecieron hasta extrañamente equivocadas.

Para acentuar la responsabilidad del entrenador por la falta de funcionamiento colectivo del equipo, la lista de ese tipo de decisiones resulta singularmente larga en contraste con el corto tiempo en el cual fueron adoptadas; y, en tal sentido, parece que las más notorias y/o chocantes fueron: 1) Insistir con la inclusión de Vecino, al que hoy por hoy le falta rodaje; 2) Para dar lugar a lo anterior ubicar a Valverde en lugares de la cancha donde no puede desplegar su capacidad al máximo; 3) Demorar el ingreso de Torres en Montevideo y el de De la Cruz en Caracas; 4) Poner a De la Cruz contra Venezuela en lugar de Torres, en vez de juntarlos; 5) Regalar 45’ con Viña en el banco, cuando –tal como se vió en el segundo tiempo- su desdoblamiento ofensivo por la izquierda era la llave más adecuada para abrir el apretado esquema defensivo de los venezolanos; además de que en lugar de Viñas jugó Cáceres, que subiendo por esa zona no tiene el perfil más apto para ensanchar la cancha; y 6) Al menos en Caracas, a cierta altura del partido apostar, como lo hizo con Torres en el Centenario, a la profundidad de Ocampo.

También se ha dicho que De la Cruz frente a Venezuela debió ingresar antes, pero ya entra en el terreno de las suposiciones qué y cuánto pudo haber cambiado en ese caso: también se especuló con lo mismo respecto al ingreso de Torres a los 75’ contra Paraguay, y en Caracas el juvenil aurinegro fue titular y no pudo repetir lo que había hecho en aquellos 15’ deslumbrantes ante los paraguayos.

Apoyada en esos mojones, pues, ha hecho camino al andar una discusión que, en el marco del reparto de responsabilidades, tiene al entrenador como eje central del debate; algo que habría que cuantificar con certeza, e incluso poniendo otros factores sobre la balanza, para no caer en errores que el fútbol uruguayo ha cometido en el pasado.

Cuando alguien no se ve o siente bien, no hay nada peor que atacar la situación en base a un diagnóstico equivocado, que –por ejemplo- es lo que ocurrió tras la humillante eliminación que sufrió Uruguay en las Eliminatorias para el Mundial de 1958, cuando luego de ser goleado 5 a 0 por Paraguay en Asunción, el periodismo de la época consideró que el futbol uruguayo estaba atrasado y así, pidiendo “velocidad y dinámica como tienen los europeos”, impulsó la adopción de un estilo y planteos tácticos diferentes a los que fueron tradicionales en los gloriosos primeros 50 años del siglo pasado, sin darse cuenta que en realidad lo que había ocurrido era más simple y básico: por el paso del tiempo, se había desgastado la fenomenal generación celeste que jugó los mundiales del 50 y el 54.

Este recuerdo viene a colación, no en defensa de oficio ante esa especie de presión popular que considera que el entrenador cumplió un ciclo y debe dejar su cargo, sino con una visión más amplia: aunque no cabe duda que hay muy buenos técnicos para subrogarlo, ¿sólo con eso se consigue lo que todos están reclamando, que es que la selección tenga un funcionamiento –y, obvio, un rendimiento- más adecuado?

En ese aspecto, si se llega a la conclusión de que esto último es algo indispensable, habría que ver muy bien si no hay más de una “vaca sagrada” que, con todo el dolor del alma, también debería ser “sacrificada”, sin olvidar que en el marco de este mismo proceso que lleva 15 años, ya hubo varias.

Con otro entrenador, obviamente, el estilo de podría cambiar, pero en ese caso también es cuestión de saber si con varias de las figuras más representativas de esta selección eso es posible de plasmar sin dejar de lado el objetivo fundamental: el logro de buenos resultados.

En ese plano, vale una pregunta, a partir de que hoy el funcionamiento del equipo no agrada y, por ejemplo, se enfatiza que “a Suarez le llegan una o dos pelotas por partido y así es imposible que haga goles”: ¿Y cuándo le llegaron muchas pelotas por partido? Ni en los tiempos que el “Pistolero” integraba un temido tridente ofensivo con Forlán y Cavani: ha sido goleador de las Eliminatorias con el pragmático recurso de que le llegaban tres o cuatro, y metía una o dos; y esa proporción de eficacia, obviamente, por el paso del tiempo ha cambiado.

Si lo que está más en cuestión, además, es el funcionamiento del equipo, que no es aceitado, cabe tener en cuenta al respecto que en 2018 el mapa del fútbol mundial sufrió una modificación importante, que tiempo antes en vistas de lo que se venía en perjuicio del fútbol uruguayo, empujó al Ejecutivo de la AUF a salir a través de Roberto Pastoriza en busca de nuevos mercados para partidos de la selección en distintos países de Asia.

Esa variante fue la creación de la Liga de Naciones de la Unión Europea, torneo de selecciones que entró a disputarse en las fechas FIFA, lo que hizo que ya no se pudieran jugar amistosos de preparación contra rivales del viejo continente en cada una de esas ventanas.

Eso perjudicó notoriamente –entre otros- a Uruguay, que antes (a pedido de Tabárez) enfrentaba a adversarios de la talla y características de Francia, Italia, Rusia, Polonia y Ucrania, lo que permitía que el cuerpo técnico celeste hasta se ufanara de que “como estamos juntos hace muchos años, cada que vez que nos reunimos con los jugadores para un amistoso, sólo se trata de hacer un repaso”.

Por si para muestra basta un botón, alcanza con citar que la última vez que “la Celeste” jugó contra un rival europeo, fue el 15 de noviembre de 2019, cuando le ganó 2 a 1 a Hungría en Budapest; y, la última vez que disputó un amistoso de preparación ante cualquier tipo de rival fue cuando empató 2 a 2 con Argentina tres días más tarde.

Un año y medio sin amistosos para ajustar detalles, es un tiempo realmente prolongado; y, por si eso fuera poco, otro cambio importante: como antes las fechas dobles de las Eliminatorias se jugaban viernes y martes, los jugadores del exterior llegaban al Complejo Celeste el lunes y/martes anterior, y el miércoles y jueves podían hacer hasta trabajos de campo, mientras que ahora, al jugarse el jueves los primeros partidos de cada ventana, esa preparación se puede reducir sólo al miércoles, y con mucha precaución porque el encuentro de Eliminatorias es 24 horas más tarde.

Hay asimismo dentro del contexto de este presente gris de “la Celeste” otro factor que sería bueno no pasar por alto con la misma superficialidad que tras las Eliminatorias del Mundial de 1958 se sentenció que “el fútbol uruguayo se quedó en el pasado”, sin percibir que en aquel momento lo que ocurrió es que las figuras se habían desgastado, y para ello quizá ayude una vivencia personal de los tiempos en los que Daniel Passarella estaba en el lugar que hoy ocupa Tabárez.

En las largas sobremesas hasta la madrugada que pude compartir tras las cenas en los hoteles donde se alojaba la selección para los partidos de las Eliminatorias en el exterior, Passarella cuestionaba el régimen de “todos contra todos” con el cual se disputaba la clasificación a los mundiales en el fútbol sudamericano, sosteniendo que a Argentina, Brasil y Uruguay, que tenían muchos futbolistas afuera del país los perjudicaba, sosteniendo que para ellos lo más conveniente era que la ronda se jugara en tres series, entre junio y julio de los años previos a los mundiales.

Papel y lapicera en mano no fue difícil demostrarle que en el caso de Uruguay, al menos, históricamente había sucedido lo contrario: cuando debió jugar las Eliminatorias en junio y julio, en la mayoría de las veces clasificó raspando, por saldo de goles, o incluso quedó eliminado.

La estadística no es casual; ocurre que en esos meses, el futbolista se incorpora a la selección después de duras y extensas temporadas –principalmente del fútbol europeo- que, física y mentalmente, lo han desgastado.

Antes ese “fenómeno” perjudicaba en mayor proporción a Uruguay porque, comparativamente, era el que tenía más futbolistas en esa situación, y hoy no es excusa porque atenta contra todos casi por igual, pero es tan real y comprobable que acaso por eso mismo es que, jugando mal, sin un funcionamiento asociado, “la Celeste” se ubica en el 4° puesto, en zona de clasificación directa: salvo Brasil, que está siempre “despegado”, y Perú, Bolivia y Venezuela por haber sacado resultados aceptables, ninguna de las restantes seis selecciones consiguió dejar entre los suyos una impresión favorable.

 

 

 

 

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