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Abrió la boca. Claudio Yacob se puso en la cola donde están otro argentino, un húngaro y un yugoslavo

Claudio Yacob tiró una bomba desde Buenos Aires y, como era de esperar, el estallido provocó un visceral sacudón al orgullo del fútbol uruguayo.

Está bien, es lógico. Duela o no, lo que dijo Yacob no es nuevo, al fin y al cabo; y hasta se podría decir, sin entrar a analizar si el volante argentino tiene autoridad o no para decir lo que dijo, que es Yacob el que está atrasado.

Por algo ya en 1962, cuando Bela Guttman llegó a dirigir a Peñarol, bicampeón de América, campeón del mundo, y tetra campeón uruguayo, sorprendió a todo el Uruguay al referirse nada menos que al mítico estadio Centenario diciendo: “Esto es un campo para plantar patatas”.

Obvio, el entonces famoso y cotizado técnico húngaro venía de “otro mundo”, en donde apenas dos años antes, al frente del Benfica, había cortado el hegemónico reinado europeo del poderoso Real Madrid en el ámbito de lo que hoy es la Champions.

Mucho más acá en el tiempo, en 1992, otro muy reconocido entrenador europeo llegó también a Peñarol: el yugoslavo “Ljupko” Petrovic, que en la temporada 1990/91 había sacado campeón del viejo continente al Estrella Roja de Belgrado, y que cuando vio el estado de la cancha del Parque Paladino, donde los aurinegros iban a enfrentar a Progreso en una tarde de lluvia y barro, exclamó en forma por demás espontánea: “¡Catástrofa!”

Es más, un día de 1997, cuando Nelson Acosta dirigía a la selección de Chile, a la que había clasificado al Mundial de Francia, en base a una vieja amistad que venía de sus tiempos en Huracán Buceo, me hizo pasar al interior de “Pinto Durán”, la concentración de “la Roja” en Santiago, y también aludiendo en forma colateral a “la Celeste”, que por entonces sumaba dos eliminaciones consecutivas para los mundiales de EE.UU. y Francia, y al abrir la puerta de una sala que parecía un sector de la NASA, me mostró una máquina y me dijo: “Vos metés al jugador acá, y te da todos sus datos físicos, como si fuera un astronauta”.

Vale aclarar sobre esto último: el Complejo Celeste se inauguraría recién casi cinco años más tarde, y con una infraestructura que nada tenía que ver con la de los días actuales.

Ya sobre el final mismo del siglo pasado, cuando Daniel Passarella aún dirigía a la selección de Uruguay, en alguna de las largas sobremesas compartidas después de la cena en hoteles del exterior durante los viajes por la disputa de las Eliminatorias, el técnico argentino confesó –no para una nota periodística, sino en diálogos informales- que “visto desde afuera, uno piensa que el fútbol uruguayo es otra cosa”, en implícita pero muy clara alusión a que el fulgor de la nombradía de los futbolistas compatriotas que jugaban en Europa no se compadecía con lo que era el día a día de la actividad de entrecasa.

Por eso, entonces, es que lo que dijo Yacob no es nuevo, y por tal motivo tampoco da lugar a escandalizarse, ni salir corriendo a promover foros para tratar de buscar los por qué de la situación a la que aludió el volante, y menos aún intentar localizar a los responsables.

Es más, si hay algo en lo que el fútbol local ha mejorado sensiblemente en los últimos diez años es en un aspecto muy específico: el estado de las canchas; que, sin ser como las del primer mundo, y aún las de otros países sudamericanos, ya no dan a lugar a decir que son “un campo para plantar patatas”, ni tampoco a exclamar: “¡Catástrofa!”

Nada de esto significa que todo está bien y no hay que tratar de hacer, ni mejorar nada; por más que quizá pueda haber un techo, o una limitante, para esa eventual tarea de superar el atraso del fútbol uruguayo, ya sea éste de 50 años, como dijo Yacob, o de 30, según lo sugiere la falta de conquistas de clubes a nivel sudamericano: el factor económico, que desde la súper potenciación de las transmisiones televisivas estableció nuevos parámetros de comparación de fuerzas entre mercados que antes eran más o menos similares.

Antes el mayor flujo de ingresos que tenían los clubes era el de la venta de entradas, y vendía 50.000 Real Madrid en el Bernabeu, 50.000 Barcelona en el Camp Nou, y 50.000 Peñarol y Nacional en el Centenario; podía diferir el precio de esas entradas, pero la diferencia entre unos y otros no era tanta”, reflexiona siempre Juan Pedro Damiani, en referencia a que hoy lo que más cuenta es el mercado de cada país, que depende de la cantidad de habitantes y, por consecuencia, tratándose de televisión, del número de abonados.

Eso, obviamente, se refleja en las infraestructuras de los clubes, que en muchos casos no han variado demasiado respecto a los tiempos del “campo para plantar patatas” o del “¡catástrofa!”, algo que en parte puede medir la gravedad del panorama desde que se supone que Yacob no vio muchas más que la de Nacional, que indiscutiblemente en ese plano es un club de avanzada dentro del fútbol uruguayo.

De modo que por ese lado hay que ver qué y cuánto es posible hacer, según las posibilidades económicas de nuestro medio, para combatir ese atraso, ya fuera de 50 o de 30 años; sin olvidar que, precisamente por las acotadas dimensiones del mercado, los clubes –incluidos los chicos- en los últimos años han destinado buena parte de sus inversiones en las divisiones formativas, incluso tal vez en detrimento del apoyo al plantel principal, porque ahí es donde elaboran la materia prima que luego les permitirá “hacer caja”.

Ahora, si a lo que se refirió Yacob es a lo que tiene que ver con lo que ocurre y cómo se juega adentro de las canchas, desde ya es posible pensar que dirigentes y analistas tienen poco para hacer en ese plano donde, por lógica, son los protagonistas directos, como los jugadores, los entrenadores, los preparadores físicos, y en alguna medida también hasta los árbitros, son los que cuentan con mayor autoridad para tener la palabra.

Esta última afirmación no es casual, antojadiza, y menos aún supone señalar a nadie en particular, sino que es el fruto de la insistencia de alguien que –sin saber qué iba a decir Yacob algún día- anda detrás de una pista desde hace años, en base a una serie de datos que no en vano parecen similares:

-Al comienzo de este siglo, un día que Álvaro Recoba vino desde Italia a jugar en la selección, le dije: “Estás mucho más delgado, chupado de cara, ¿qué te hacen en el Inter, entrenás muy distinto que cuando estabas acá?”; a lo que el “Chino” me respondió: “Ahora peso más, me agregaron cuatro kilos, pero de músculos; yo estoy más flaco”.

-En la segunda mitad de la década pasada, fue público lo que contó Luis Suárez sobre lo que le ocurrió poco después de llegar al Groningen en Holanda: el entrenador le habló, le dijo que iba a bajar a entrenar con los juveniles, y que debía bajar cuatro o cinco kilos, para lo cual le cambiaron totalmente sus hábitos alimentarios.

-A principios de 2019, también fue motivo del comentario popular la información procedente de España que estableció que el “Toro” Fernández en el Celta de Vigo había bajado ¡diez kilos! respecto al peso con el cual jugaba –con éxito, además- en Peñarol hasta pocos meses antes.

-Por último, no dejó de sorprender cuando en enero de 2020, Darwin Núñez declaró sobre su exitosa gestión en el Almería, que “acá senté cabeza y me puse las pilas, en Uruguay no me cuidaba mucho”; y quien hablaba era un jugador que ya había debutado en el equipo principal de Peñarol, que había integrado la selección juvenil de Uruguay en el marco del “proceso Tabárez”, y que en Europa formaba parte de un club de la Segunda División del fútbol de España.

Con todas esas cartas vistas, sin tener como objetivo sacar algún rédito periodístico, en simples charlas de café y mano a mano con gente del fútbol uruguayo –jugadores, entrenadores, preparadores físicos- que han estado o están en el extranjero, en mercados futbolísticos más desarrollados, la pregunta fue siempre la misma: dónde radicaba la diferencia específica, esa que se trasunta adentro de la cancha; si en los métodos de entrenamiento, en la manera de alimentarse, o incluso la forma de cuidarse.

Sin embargo, casi todas las respuestas fueron poco menos que negando la existencia de una gran brecha en esos planos, muy convencionales, como si estuvieran fuertemente entrelazadas por un cerrado corporativismo, pese a la reserva e informalidad del diálogo.

Acaso, quien más dijo fue un profesional que trabajando en el fútbol argentino, no puede realizar ningún tipo de declaraciones públicas, porque así lo establece su contrato: “La intensidad allá (Argentina) está dada por el ‘control y pase’, ‘control y pase’, se trabaja mucho el ‘control y pase’”.

¿Habrá sido eso a lo que se refirió Yacob?; pues no parece que un atraso de 50 años, o los que fuere, pase por jugar con línea de tres o de cuatro, o más a la defensiva o más al ataque. Lo real es que en el círculo de los más directamente involucrados, nadie se expone a decir puntualmente, por su experiencia en el exterior, como una contribución al fútbol uruguayo, “acá hay que cambiar esto, o aquello”; “silenzio stampa”, al decir de los italianos.

Por eso, entonces, y en gran parte, lo que dijo Yacob, no es nuevo. Simplemente, va a la larga fila donde desde hace muchos años están la frase de “este es un campo para plantar patatas”, la exclamación de “¡catástrofa!” y la reflexión de que “desde afuera el fútbol uruguayo parece otra cosa muy distinta lo que pensaba”.

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