Conectá con nosotros

Columnas

La otra cara de la sanción a Cavani

El mundo es ancho y largo, y hay que ponerse detrás de todos los mostradores para entender la sanción a Cavani

La Federación Inglesa de Fútbol (FA) confirmó la sanción de cuatro partidos de suspensión para Edinson Cavani por haber escrito “gracias negrito” al responderle a un amigo que, tras una buena actuación del salteño en un partido jugado con el Manchester United, lo había felicitado a través de las redes sociales.

No cabe duda que la decisión carece de comprensión, sentido común y también de amplitud de pensamiento para interpretar y juzgar el sentido de la expresión de Cavani, porque más allá de las diferencias de costumbres e idiosincrasia que hay entre sociedades y culturas muy disímiles como son la británica y las de los países sudamericanos, resulta obvio que nadie puede expresarse en forma discriminatoria respecto a quien es un amigo y, encima, lo ha felicitado,

Sin embargo, para aquel que ha tenido la fortuna –sobre todo por el fútbol- de haber dado un par de vueltas al mundo con estadías en los cinco continentes, y no sólo conviviendo, sino hasta lidiando, con estilos de vida tradicionales que hasta resultaban chocantes, la determinación puede llegar a ser comprensible; lo que no quiere decir, por lo expuesto antes, que sea justificable. Ni deje de resultar antipática.

Es que la situación se planteó en Inglaterra y, por tanto, es juzgada de acuerdo a sus normas sociales, a las que cualquier residente o visitante de dicho país, cualquiera sea su origen, credo o idiosincrasia, debe ceñirse y adaptarse.

En el caso de los jugadores, por ejemplo, al fin y al cabo, es el peaje diario que deben pagar, por decirlo de alguna manera, como contrapartida a actuar en mercados futbolísticos que desde el punto de vista económico son muchísimo más fuertes y desarrollados; no en vano, en ese peregrinar por el mundo, uno ha escuchado a un sinfín de compatriotas decir que “siempre sos extranjero”, a despecho de la cantidad de años que pudieran llevar como ciudadanos de los países en donde se encontraban radicados.

Sin llegar a los extremos de las anécdotas personales, que los hay y no dejaré de lado, recuerdo que Silvia Pérez le hizo una nota para el diario El País en Inglaterra a Sebastián Coates cuando el zaguero jugaba en el Liverpool, y al preguntarle qué era aquello a lo que más le había costado adaptarse, y la respuesta fue simple, pero gráfica: “Que acá todo el mundo cena a las seis de la tarde”.

En ese contexto, la realidad es que Coates y su pareja a esa altura no cenaban más a las ocho o nueve de la noche, como cuando estaban en Uruguay, sino que lo hacían a las seis de la tarde; porque de otro modo hubiera sido más o menos lo mismo que circular en el auto por la derecha, cuando en Inglaterra – a diferencia de la mayoría del resto del mundo- el tránsito es por la mano contraria.

En 1981, cuando la República de Corea todavía mantenía vivas sus más antiguas y ancestrales costumbres orientales, viajé por El País junto a Danubio, que fue a jugar la Copa del Presidente, lo que supuso una estadía de tres semanas en varias ciudades del país asiático, y en una de ellas –del interior, alejada de Seúl, la capital- un día salí del hotel, fui a la parada de ómnibus más cercana, y de repente noté que la gente me señalaba y gritaba con inusitada agresividad, sin que pudiera darme cuenta qué estaba pasando; hasta que alguien me hizo entender en un idioma inglés muy básico que yo estaba parado sobre la sombra del cuerpo de una anciana, lo que para ellos representaba algo así como pisotear y ultrajar el alma de la persona involucrada. ¿Cabía cuestionar aquella reacción popular que según las costumbres de uno era un “disparate”? No. Sólo entenderla; y, como forastero, adaptarme y aceptarla.

En 1999, estuve tres semanas en Arabia Saudita con la selección, que fue a jugar la Copa Rey Fahd en Ryad, y un día el fotógrafo Ricardo Brusoni sacó una foto desde el taxi que nos llevaba al entrenamiento de los celestes atravesando una zona que parecía el desierto de Sahara. ¡Para qué! El taxista se agarraba la cabeza, gritaba, y a los pocos segundos apareció la policía religiosa, igual que si fuera un comando antiterrorista frente a un posible atentado. ¿Qué había pasado? Las tomas fotográficas habían puesto el foco en varias mujeres a las que sólo se le veían los ojos tras los velos y atuendos tradicionales, algo que estaba prohibido con una durísima pena de la que zafamos sólo con una multa y sin prisión por una ardua gestión que llevó adelante el embajador uruguayo.

En ese caso, incluso, los transgresores tuvimos más fortuna que una enviada especial del diario marca de Madrid, que en el primer partido del torneo apareció en el palco de prensa del estadio vistiendo jeans, lo que al día siguiente tuvo que dejar de lado en forma drástica: la policía religiosa llegó al Hotel Marriott, donde nos alojábamos todos, incluidas las selecciones participantes, y de ahí en adelante la española no salió jamás a la calle sin lucir las tradicionales prendas que usan las mujeres árabes.

Más acá en el tiempo, para el Mundial 2002 de Corea y Japón, la selección tuvo un período de dos semanas de concentración en un gran parque ubicado entre las ciudades japonesas de Susono y Gotemba, por lo cual El País buscó que el periodista y el fotográfo residieran en un lugar cercano: un imponente y lujoso Resort 5 estrellas donde se alojaban acaudalados japoneses que pasaban sus días entre las canchas de golf, la piscina y el sauna, y cultivando sus costumbres más ancestrales, por lo cual no quedaba otra que dormir en esterillas extendidas sobre el piso, y desayunar, almorzar y cenar arrodillados, encima de manteles individuales puestos también en el suelo, y descalzos, dejando los zapatos en la puerta del restaurante. ¿Qué podía hacer uno? ¿Exigir camas porque la tarifa rondaba los 300 dólares diarios? No, aquello era un lujo. Sólo que, según se lamentaban nuestros huesos, un lujo…asiático.

Acaso, el recuerdo refresca vivencias del Mundial de México en 1986, cuando en el Hotel Del Rey de Toluca, donde concentraba la selección de Uruguay, todas las mañanas Hugo Antonio Matteo –entonces subjefe de Deportes de El País- renegaba y se exaltaba delante de mí porque le hacían daño al estómago los chilis picantes que venían hasta en el “inofensivo” desayuno de todas las mañanas. Calmo y práctico, “Lalo” Fernández no se cansaba de repetirle: “Pero…Hugo, los 80 millones de mexicanos no se van a adaptar a vos, vos tenés que adaptarte a los 80 millones de mexicanos”. Salvando las distancias, no sólo en años, es más o menos lo que pasa con el “negrito” de Cavani y el pensamiento si se quiere intransigente y obtuso –al menos visto desde este lado del mundo- de los británicos.

Es que el mundo es así: ancho y largo, y en él caben muy disímiles costumbres, credos y normas sociales, algunas de las cuales pueden resultar hasta crueles; o, cuando menos, antipáticas.

En este último plano cabe, de última, una anécdota personal del Mundial de 2006 en Alemania. En Octavos de Final, Italia y Australia jugaban en Kaiserslautern y, ya en el estadio fue posible apreciar que, si el último servicio de ómnibus que FIFA ofrecía a los periodistas acreditados para trasladarlos tras el partido hasta la estación de ferrocarril de la ciudad no salía al menos dos minutos antes de lo marcado en unos postes enclavados en las afuera del escenario, todos perderían el último tren de la noche con destino a Francfort.

Ya encima del transporte, decenas de periodistas de un montón de nacionalidades pidieron encarecidamente a los conductores de las unidades que se pusieran en marcha dos minutos antes de lo fijado, porque si no quedarían todos anclados hasta que a las ocho de la mañana siguiente pasara el primer tren por Kaiserslautern; y, como aquellas súplicas fueron en vano, hubo algunos que llevaron el desesperado reclamo general hasta el jefe de área.

Sin embargo, no hubo caso: por idiosincrasia, los alemanes son estrictos, rígidos, inalterables, y aunque aquel era un servicio “de cortesía” de FIFA, los ómnibus no partieron desde el estadio ni siquiera dos minutos antes, como consecuencia de lo cual –y de que en pleno Mundial no había alojamientos disponibles en una ciudad de 90.000 habitantes- no menos de 300 periodistas y fotógrafos aquella noche dormimos en los bancos y el piso de los andenes de la estación de trenes de Kaiserslautern.

Si se quiere, una falta de sentido común, comprensión y empatía como la de la Federación Inglesa con Cavani; pero…el mundo es así, y hay que ponerse atrás de todos los mostradores para entenderlo, sin que eso signifique justificarlo.

 

 

 

 

 

Click para comentar

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Más en Columnas