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Fútbol Internacional

Acompañaron a Tabárez hasta la puerta del cementerio, pero no entraron

Hace algunos años –no tantos- el gerente deportivo de uno de los clubes grandes del fútbol uruguayo que poco tiempo atrás había cumplido una campaña resonante en el plano internacional solía decirle al entrenador de turno para expresarle que lo apoyaba, aunque no compartía algunas decisiones que estaba tomando:

-Fulano, yo te acompaño hasta la puerta del cementerio, pero…no entro.

Aquella era una clara muestra de sinceridad; pero, sin embargo, esas mismas palabras podrían servir para describir el giro casi hipócrita de quienes –un 80% de los que forman la opinión popular- tras haber reclamado por largos años que la selección debía jugar con un estilo menos avaro, con mayor cantidad de mediocampistas de buen pie, y hasta saludaron con fuegos artificiales la progresiva sustitución de los volantes de marca que con el correr del tiempo fue operando el entrenador, algo que los llevó a frotarse las manos por el supuesto advenimiento de una venturosa era del “fútbol-champagne”, hoy -luego de la derrota sufrida en Ecuador- cuestionan al técnico por haber apelado a una integración y cambios de neto corte ofensivo, y por hacer un planteo donde las líneas deberían haber estado algo más retrasadas.

Ver para creer. O “cosas veredes, Sancho”, según la pluma genial de Cervantes. Es lo mínimo que se nos ocurre decir, no sin asombro, a los integrantes de una minoría que siguió caminando por otra vereda, no por ejercer una defensoría de oficio personal que Tabárez no necesita ni sentiríamos gusto por llevar adelante, incluso a riesgo de ser señalados por el índice acusador de los fiscales de la modernidad que suelen sentenciar que “no existe más eso de ‘volantes de creación’ y ‘volantes de marca’”, y hasta suelen laudar el juicio que las nuevas generaciones le entablan al fútbol que prioriza el cero en el arco propio con un fallo irrevocable: “Así no se juega más en ningún lado”.

Una derrota en la altura de Quito, como también el saldo de tres puntos ganados sobre seis disputados en las dos fechas iniciales de las Eliminatorias, no son para hacer drama. Sin ir más lejos, hace cinco años el saldo del arranque del torneo clasificatorio sudamericano fue exactamente igual –triunfo ante Chile en Montevideo y derrota frente a Ecuador en la capital ecuatoriana- y al final “la Celeste” clasificó al Mundial de Rusia con la fusta bajo el brazo.

Sin embargo, hoy el ámbito del fútbol uruguayo está alborotado, argumentando –en esto con razón- que no es por la última derrota en sí, sino “por la forma” en la que se registró; y ahí aparecen, sin el más mínimo rubor ni sentido de autocrítica, las reflexiones de que el equipo debió jugar más en bloque, con sus líneas más retrasadas, y hasta las nostálgicas evocaciones de las épocas “de las Cruzadas” donde el “Ruso” Pérez y el “Cacha” Arévalo Ríos “raspaban” todo lo que se movía en el mediocampo, y…¡atención!, también en apoyo de los hoy lógicamente desprotegidos zagueros y laterales, simplemente porque Valverde y Bentancur son jugadores extraordinarios, “fuoriclasse” como dicen los italianos, pero su naturaleza futbolística los hace pertenecer a la fina raza de los volantes ofensivos y no a la supuestamente más rutinaria de los volantes de contención, por la elemental y básica razón de que no tienen fundamentos de marca para imponerse mediante el empleo de ese recurso cuando la pelota está en poder del adversario.

Es muy difícil establecer con certeza cuáles fueron los motivos reales por los cuales Tabárez fue operando el cambio de estilo, que no resultó abrupto, sino que se fue amasando con el paso del tiempo, a partir de la realidad que indicaba que primero el “Ruso” no seguía más en carrera y luego con el “Cacha” ocurría otro tanto.

Quizá la decisión del técnico fue porque el resto del fútbol en el mundo ya iba desde hacía algún tiempo por ese lado. O quizá, por esto último, y porque al fin de cuentas el fútbol uruguayo es generador de una materia prima que debe satisfacer el consumo de los mercados económicamente más importantes, ya no había ni en el plano local ni el extranjero jugadores elegibles para la selección que tuvieran las características del “Ruso” y el “Cacha”.

Lo cierto es que, fuera por una razón u otra, la transición se fue llevando a cabo bajo un cortejo de aceptación y aplausos de los mismos que hoy, casi con desparpajo borran con el codo lo que escribieron con la mano, y parecen líderes del alboroto provocado, no por la derrota de Quito, sino por las formas de la caída; por los cuatro goles que pudieron ser más, que Ecuador metió en el arco de Campaña.

Por eso, pues, “ver para creer”. O “cosas veredes, Sancho”, según la genial pluma de Cervantes. No con sinceridad, sino todo lo contrario, los que antes con su reclamo por el cambio de estilo de juego, y después con su aprobación al mismo, hasta el martes pasado acompañaron a Tabárez hasta la puerta del cementerio, no entraron; es más: como aquello del “yo no los voté”, le soltaron la mano.

 

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