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Historias del fútbol

La fantástica historia del hincha de 93 años que vió el Maracanazo

Saúl Torres Negreira, hombre del campo de Durazno, acertó dos veces en la quiniela y tomó whisky en la Copa Jules Rimet en la embajada uruguaya.

A 70 años de la gesta de Maracaná, en Uruguay parecería casi imposible encontrar relatos vivos, y mucho más sobre aspectos desconocidos de una conquista que aún hoy sigue siendo catalogada como la mayor hazaña de la historia de los mundiales y, por tanto también de la del glorioso fútbol uruguayo, a través del testimonio directo de los protagonistas, e incluso de quienes tuvieron el privilegio de ser parte de los 200.000 asistentes de aquella instancia inolvidable.

Sin embargo, después de salir desde Montevideo, recorrer 190 kilómetros rumbo al Norte por la Ruta 5, doblar a la izquierda en el segundo semáforo cuando esa vía parte prácticamente al medio a la ciudad de Durazno, seguir una cuadra por Galarza hasta 25 de agosto, ahí girar a la derecha, y 500 metros más adelante llegar al N° 825 de la casa equidistante de Rivera y Batlle, ECOS tuvo la posibilidad de hacer una especie de descubrimiento casi fantástico.

Distrito Federal. 140 Cruzeiros. Cadeira (platea) Numerada. Setor XXVI. Fila 5. N° 8.”, dice en portugués un talón de color verde con letras y números azules que está debajo del vidrio de un cuadro colgado en una pared del lugar que, pese al intenso frío de la tarde, resulta tan acogedor por la bonhomía del anfitrión como por las tibias caricias que llegan desde la estufa a leña y los rayos del sol que pasan a través de la ventana.

Es la entrada que Saúl Torres Negreira utilizó el 16 de julio de 1950 para ingresar a Maracaná junto a “un tío que era hermano menor de papá y un compañero con el que estudiaba abogacía en Montevideo, el ‘Turco’ Ache”, como dice al referirse a un entonces joven Nasim Ache Echart, que luego sería vicepresidente de Nacional y padre de Eduardo y Juan Ache, el primero de los cuales ha sido presidente tricolor a lo largo de tres mandatos.

“A Brasil viajamos en avión, estuvimos como 20 días, y ese fue el único partido de Uruguay que vimos: la final; en cambio, vimos todos los que jugó Brasil en Maracaná, porque era lo que incluía la excursión, ya que el estadio se había inaugurado ese mismo año”, recordó Torres Negreira que ahora tiene 93, pero no debió esforzar la memoria para explicar una situación que parecería extraña: “Nosotros conseguíamos entradas para los partidos que Uruguay jugó en Belo Horizonte (contra Bolivia) y San Pablo (Suecia y España), pero no nos aseguraban los pasajes para volver el mismo día a Rio de Janeiro, y teníamos el hotel pago”.

Con la misma frescura, Torres Negreira describió por ejemplo que aquel mediodía del 16 de julio de 1950 “cuando salimos del hotel para el estadio, quisimos poner una bandera uruguaya adelante del ómnibus, pero el chofer brasileño nos dijo en un torpe español: ‘No, bandera de Uruguay, no; la va a romper la gente en la calle’. Nosotros fuimos de los primeros en llegar al estadio, y ahí sí teníamos la bandera, pero no hubo problemas: todos pasaban, nos miraban y la mayoría nos señalaba y gritaba: ‘¡Son uruguayos!’; por las dudas, nosotros saludábamos de lejos con una sonrisa y nada más, nos quedábamos callados”.

“En la platea no había más uruguayos”, aseguró el hombre de campo que nació, se crió y, por decisión propia, tras haber estudiado cuatro años en régimen de “tres cuartos pupilo” en la Sagrada Familia de Montevideo, donde de noche dormía “en la casa de mi abuelo en Pocitos, por Av. Brasil”, se quedó en “San Jorge, quinta sección del departamento de Durazno”; minoría por el cual, en el contexto de aquella tarde carioca, “cuando Schiaffino hizo el gol del empate, sólo tuvimos el impulso de pararnos y apenas exclamar ‘¡gooog…!’, muy contenidos, y enseguida nos sentamos”.

Obvio, la “barra” no tuvo el mismo autocontrol cuando Ghiggia metió el gol del triunfo y, por ende, tampoco la reacción inicial de los brasileños más cercano fue la misma de antes: “Primero nos empezaron a gritar, estaban malos, pero de repente se paró un señor y empezó a decirles: ‘¡Tem direito eles tem direito (ellos tienen derecho)!; ahí me parece que lo que nos salvó, además de la intervención de ese hombre, fue que la entrada de platea era muy cara, estoy seguro que en una tribuna más popular quizá hubiera sido más complicado”.

Como a todos los que estuvieron en Maracaná aquella tarde, al trío de hinchas uruguayos lo que más le impactó fue el silencio sepulcral que tras el final del partido se apoderó del colosal estadio.

“Al salir, era imponente escuchar en medio de la multitud sólo el ‘¡ras! ¡ras! ¡ras!’ de las suelas de los zapatos al bajar las escalinatas, así que nosotros nos fuimos sin decir ni una palabra, y menos aún en la calle”, recordó.

El prime impulso, entonces, al volver al hotel, fue ir a un lugar donde se pudiera festejar en forma espontánea: la embajada, porque además “el ‘Turco’ (Ache) era muy amigo del embajador uruguayo, Bruno Giordano Hecker, así que nos tomamos un taxi”, pero cuando el trío llegó a la puerta, salió alguien y dijo que el diplomático aún no había regresado del estadio.
En ese momento, entonces, “apareció el embajador, el ‘Turco’ habló, nos presentó y Giordano Hecker nos dijo: ‘Vengan mañana que vamos a hacer una celebración’; y al otro día fuimos, porque estábamos invitados: había otros embajadores, allegados a la embajada, y todos los integrantes de la delegación que Uruguay había llevado al Mundial menos uno”, recordó el duraznense que en aquel entonces tenía 23 años.

De pronto, en una gran sala donde estaban todos los invitados “apareció el embajador con una cajita de hierro, chica, cuadrada, la abrió y sacó la Copa Jules Rimet; fue una alegría bárbara, la gente se la fue pasando de mano en mano, todos la besaban y yo me di un gusto tremendo: ¡me serví y tomé whisky en la Copa Jules Rimet! ¡Una satisfacción incomparable!”.

El día anterior, en las afueras de Maracaná, Torres Negreira había comprado una foto del plantel de Uruguay antes de entrar al estadio, de modo que el lunes 17 de julio la llevó a la fiesta de la embajada “y la hice firmar por todos los jugadores; recorrí mesa por mesa en donde estaban ellos y les decía: ‘Fulano, muchas felicitaciones, y gracias, somos campeones del mundo, yo también soy uruguayo, quiero pedirte tu autógrafo para tener un recuerdo de esta hazaña’. Me firmaron todos, menos Obdulio Varela, porque esa noche no fue a la embajada, fue el único jugador que no quiso ir a la embajada; no sé, ahí dijeron que salía a tomar algo solo y que también la noche anterior, después de volver al hotel desde Maracaná, había hecho lo mismo: había salido a los bolichitos cercanos a tomar algo sin que lo acompañara nadie”.

Quizá ésta sobre la ausencia del capitán en la celebración de la embajada uruguaya sea la historia aún jamás contada -desde hace 70 años a esta parte- dentro de la otra historia grande de la mayor conquista lograda por el fútbol uruguayo; pero si ese detalle del relato de Torres Negreira resulta inédito, no menos singular -y casi increíble- fue la combinación de factores que permitió que el entonces joven hombre de campo de San Jorge, quinta sección del departamento de Durazno, terminara siendo testigo presencial de tamaña hazaña.

“Tener plata para ir al Mundial era cosa seria, quedarnos en Brasil durante 20 días con todos los gastos que había que afrontar, salía caro; pero en noviembre de 1949 yo saqué dos veces seguidas a la quiniela, salieron a la cabeza los números de tres cifras que había jugado”, recordó a ECOS el duraznense, mientras una sonrisa pícara le surca el rostro sin alterarle su serena manera de hablar, pausada y de tono bajo.

Yendo un poco hacia atrás de su propia historia personal en busca de los motivos que lo llevaron a jugarle a la quiniela a los dos números que contribuyeron para que pudiera viajar a Brasil seis meses más tarde, Torres Negreira explicó que “en la Sagrada Familia yo estudiaba comercio, pero no me gustaba, a mí me gustaba el campo, así que cuando volví a San Jorge para las vacaciones le dije a mi papá que quería quedarme”.

“Tendría 16 o 17 años, y papá me preguntó: ‘¿Y qué vas a hacer?, ¡mirá que acá hay que trabajar, eh!’ Y le dije que ya lo sabía, porque todos los años cuando volvía de vacaciones, trabajaba y me gustaba. Hacía de todo: alambraba, monteaba…primero agarraba la sierra, y después cuando aparecieron las motosierras fue un alivio bárbaro”, señaló el duraznense, agregando que “al principio mi papá me pagaba un sueldito para que con esa platita fuera comprando novillos”, algo que en cierta medida a la postre terminaría gestando su “Maracanazo”.

“Un día salimos a hacer recuento de los novillos que mi padre me había dado para que me estableciera en el campo, y contamos nueve en un brete, nueve en el segundo, ¡y nueve también en el tercero! ¡Tres nueve! Así que cuando fui a San Jorge le jugué al 999 a la cabeza y saqué 1.200 pesos, aunque como en esa época en casa todavía no había agua corriente ni luz eléctrica, no sabía nada; recién me enteré cuando fui al pueblo (San Jorge) una o dos semanas más tarde”.

En el interín, mientras tanto, “un día estaba sembrando maíz y en un momento se me apareció el 421, no sé, lo ví, no sé si fue por el sol o qué, pero se me cruzó por la cabeza”, dijo ahora Torres Negreira llevándose la mano derecha a la frente, y relató que “entonces, cuando fui al pueblo y el de la agencia me dijo que había sacado 1.200 pesos, le dije: ‘Bueno, está bien; ahora póngame 100 pesos al 421 a la cabeza’. ¡Y salió el 421! La segunda vez, como había jugado menos, saqué 600 pesos. Así que cobré y le di la plata a papá, que la guardó en una caja fuerte que había en casa. Tener 1.800 pesos en la mano, en aquellos tiempos no era fácil”.

Sin embargo, a aquellas dos jugadas tan fenomenales como las de Julio Pérez, Schiaffino y Ghiggia en la gestación y concreción de los goles celestes que plasmaron el “Maracanazo”, les faltaba una tercera que resultó determinante para la concreción del viaje.

“Papá me mandó a Montevideo a hacer un mandado y ahí fue donde mi tío, que estudiaba abogacía con el ‘Turco’ Ache, me dijo: ‘¿No querés ir al Mundial?’ Yo le contesté: ‘¿Al Mundial? No sé’. Entonces mi tío me insistió: ‘Vos me dijiste que sacaste a la quiniela, ¿qué hiciste con la plata?’. Y yo le aclaré: ‘Sí, saqué, pero papá tiene la plata’. Entonces, me convenció, así que me fui para Durazno, le dije a papá, y ahí nació la cosa del viaje”.

A esta altura, el relato quizá podría formar parte de los hechos secundarios que, aún en esa categoría, integran la saga de situaciones que de poco, con el paso del tiempo, fueron tomando estado público, y hasta valor casi legendario, a partir de la creciente dimensión que fue adquiriendo la gesta del “Maracanazo”; pero para eso aún faltaba un detalle: este privilegiado duraznense de 93 años no era -por motivos geográficos- uno de esos hinchas que van al fútbol todos los fines de semana; por su origen y raíces era, por sobre todo, un hombre de campo.

“Yo conocí el fútbol recién en los cuatro años que estuve en la Sagrada Familia en Montevideo, porque me crié e hice la escuela en San Jorge, y nunca había visto jugar al fútbol, ni tampoco había escuchado, ¡allá no había radio!”, reveló Torres Negreira, aunque explicó cómo irían inclinando sus preferencias a partir de aquel hallazgo.

“En la Sagrada Familia jugábamos al fútbol en los recreos y los jueves nos llevaban en un ómnibus a Piedras Blancas, donde el colegio tenía tres canchas. Un día, el hermano (sacerdote) que hacía de director técnico, me dijo: ‘¿Usted no se animaría a jugar con los mayores?’ Ahí me di cuenta de que había aprendido: si me elegían era por algo”, contó el testigo presencial del “Maracanazo”, agregando que “después, con el tiempo, un día en San Jorge marcaron la cancha para jugar un partido contra los San Gregorio, aunque San Jorge no tenía cuadro, sólo algunos que habían estado en colegios de Montevideo como yo, sabían cómo se jugaba”.

De novela, no hay caso. Autor y protagonista: Saúl Torres Negreira, que hoy tiene 93 años y vive en el 825 de la calle 25 de agosto de la ciudad de Durazno. Un capítulo aparte, diferente e inédito, para sumar a lo mucho que desde el 16 de julio de 1950 en adelante se ha escrito y dicho sobre el “Maracanazo”.

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