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El camino a algo mejor está puesto

Uruguay, el “paisito” de tres millones y algo más de habitantes, que posee más títulos que cualquiera en el continente sudamericano pese a sus condicionantes territoriales, demográficas, sociales, económicas y más, finalizó en la quinta colocación del Mundial de Rusia 2018 tras quedar eliminado en instancia de cuartos de final ante Francia, de manera justa, vale decirlo, porque fue más y encontró los momentos claves para marcar la diferencia.

Ahora bien, con qué biblioteca hay que ponerse del lado blanco o negro de la consecuencia, sin pasar por lo gris. Una puede ser perfectamente la reiterada frase de que en 12 años, solamente se ganó una Copa América, y si se quiere, a nivel de inferiores, un Sudamericano Sub 20 y los Juegos Panamericanos. Otrora, ver esta realidad era cercenado por los comentarios, como pasó en 1970, entrando en la cuarta posición del magno torneo.

La segunda lectura, se proyecta en el respeto a un proceso de trabajo cuya prolongación mencionada anteriormente, de la mano de Óscar Washington Tabárez, devolvió una identidad, formó un grupo solvente, hizo de su conocimiento, indiscutible y de un alto canon cultural a nivel global, una perspectiva reconocida para las demás selecciones, de lo que significa Uruguay para quienes lo defienden ante las adversidades más singulares y duras realidades.

Sin embargo, hay una tercera postura que se puede congregar con detalles de las dos explicitadas, pero con un matiz diferente que parte del pensamiento de generaciones recientes, las que nunca vivieron una realidad dura y que se sorprendieron con lo que fue Argentina, antes, durante y post Mundial. Esa línea, esas cuestiones, acá ocurrieron, aunque sea difícil de imaginárselo, porque la AUF no tenía un Julio Grondona como ellos.

Nadie queda contento por perder o le da lo mismo ir o no a un torneo de estas características si siente el verdadero valor de defender a un país vistiendo la camiseta de la selección, ese sueño que persigue cada niño desde que le ponen la pelota abajo del brazo. El llanto, las lágrimas, desazón de los futbolistas tras la eliminación, se conjura en que este campeonato era para pelearlo hasta el final, y no para ver qué pasaba, como a veces se iba.

La consecutividad de logros palpables a nivel de datos y estadísticas; siempre en materia del magno certamen, todo es fruto de perseverancia, acompañado por resultados de los que apoyan al proyecto, como clasificarse a tres Mundiales y en este caso como se logró, por primera vez de manera directa con el sistema de disputa sudamericano, de todos contra todos. Todo más allá de algunos traspiés en el medio como fueron las Copas América de 2015 y 2016.

Desde volver a semifinales tras 40 años en 2010, humillar a los locales marcándoles tres goles a cada uno (Sudáfrica y Rusia), ganarle a dos rivales europeos de forma consecutiva (Inglaterra e Italia en 2014, Rusia y Portugal en 2018), dos futbolistas con gol en tres citas diferentes (Edinson Cavani y Luis Suárez), Fernando Muslera superando a Ladislao Mazurkiewicz, y el propio Tabárez, ingresando entre los cinco entrenadores con más encuentros dirigidos.

La afición disfrutó de ver a una selección uruguaya con las características que se conocen desde siempre. La efectividad para marcar y la pelota quieta, vía por la que llegaron los goles durante toda la primera fase, pero agregado a la elegancia para el quite preciso evitando las sanciones recurrentes de tarjetas y generando un trato de balón de poca posesión, pero de superfluo porcentaje de efectividad en pases. El camino a algo mejor está puesto.

Juego, resultado y comportamiento, los tres atributos del maestro para con sus planteles desde un buen tiempo a esta parte. La celeste no fue un fracaso desde el punto de vista de los marcadores porque ganó cuatro y perdió un encuentro. La disciplina fue solamente de una doble amonestación de Rodrigo Bentancur, y en tanto a juego, se encontró el rendimiento esperado ante Rusia y Portugal luego de un debe con Egipto y Arabia. Francia fue otro cantar.

Uruguay tenía potencial para definir el Mundial, más aún con las eliminaciones sorpresivas de firmes candidatos, y pasar a los galos con Bélgica en el camino, pese a que se esperaba a Brasil en semifinales, pudo significar la vuelta a la gloria máxima. Sin embargo, el aprendizaje es que tanto como ellos reconocen el potencial y el lugar de este «paisito» en el mundo, devuelto por esta selección, desde su parte se reconoce que en cada rincón del planeta, el fútbol puede dar sorpresas cuando menos se espera el momento. Soñó y cayó de pie. Dejar todo no fue novedad.

Que más del 70% de la población del país se sienta identificada con lo que los dirigidos por el maestro realizaron en ese camino, según el informe de la Facultad de Ciencias Sociales presentado en la Asociación antes del torneo, no es la construcción de un paradigma de la era contemporánea, a los cuales analistas, historiadores, etc, deban hacerle una crítica o darle una corriente de lógica constructivista. Es el sentir propio de cada uruguayo, el que alimenta uno a uno, ver como un grupo compite por sus metas.

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